Nuestros maestros

Tempus fugit”, el tiempo vuela.

Tal como afirma este dicho latino, el tiempo que se nos ha concedido surca nuestras vidas como si del mismo mar se tratara. No obstante, es aquello que decidimos hacer con ese regalo lo que determina la intensidad de nuestras vivencias. Con esta breve reflexión, me dirijo a dedicar estas líneas a todas aquellas generaciones, las que nos precedieron, y las que con tanto cariño nos han cuidado con sumo mimo y amor sin paliativos. Nuestros abuelos y abuelas.

Esas personas a las que desde nuestros vacilantes primeros pasos vitales, contemplamos como fuente de total bondad y alegría. Personas sabias, humildes, con toda una vida a sus espaldas. Seres dispuestos a ofrecerlo todo. Bien es sabido que la figura de nuestros abuelos siempre ha contado con un lugar especial entre los corazones de todas las familias. Pues bien, se me hace inevitable recordar a los propios, Perfecto y Pilar, dos de las personas que con más amor y transparente luz apreciamos y respetamos. Naturales de las tierras de Cuenca”, vinieron a este nuestro mundo en la “Villa de Almendros”, uno de tantos pueblos genuinamente españoles y con gentes de toda condición, pero con un sesgo común, el del trabajo duro y la incansable lucha por la esperanza. Con estas palabras me quiero referir al compendio total de cuantas generaciones de otros tiempos de nuestro país no tuvieron mayor remedio que mirar hacia adelante, en busca de un futuro mejor y más próspero para sus coetáneos y, al tiempo, para sus descendientes, como el que imprime estas letras en esta tabla rasa. La figura de nuestros abuelos, qué tan grande expresión de amabilidad, de cobijo y eterna felicidad.

En todo momento tengo en mente los recuerdos pasados de la infancia, las risas inocentes y juegos incesantes en los jardines y rincones de la morada de los abuelos, ahí es nada. Creo sin temor a errar, que todo lector que pueda pararse en estas palabras podrá encontrar familiaridad con tales escenas de vida. Qué gran recuerdo, las tardes pasando tranquilas y sin mayor preocupación que la de preguntar a la “yaya” qué merendar, al tiempo que recibías un bocata del mejor chorizo de la despensa, mientras contemplabas la belleza del verano y la luz del sol cayendo en las cristalinas aguas de la piscina. Entre juego y juego, compartiendo ilusión, incesante creatividad e imaginativa sucesión de invenciones propias de un zagal. El calor de un beso, de un abrazo de los abuelos, el incansable cuidado de los nietos sin importar los obstáculos. Es este uno de los aspectos que creo hemos de destacar sobremanera acerca de la especial naturaleza de nuestros mayores, esos ángeles de la guarda que aún hoy en día nos alumbran con su pertinaz luz como si de la estrella de la tarde se tratara, tal como entregara la Dama “Arwen” al caballero “Aragorn”, en la obra cinematográfica “El Señor de los Anillos”.

En efecto, la semilla de gracia y amor de nuestros mayores queda marcada en nosotros por siempre.

Todavía no puedo dejar de pensar en las enigmáticas vivencias que pueden contemplarse en los propios corazones y el recuerdo de momentos de magia pura compartidos con nuestros abuelos, Peto y la Yaya, qué añoranza, pero qué suerte a su vez de poder seguir compartiendo con ellos esos ratos. La sensibilidad ya veterana de nuestro abuelo, y sus pequeños pero enormes gestos de amor, como cuando nos hace entrega aún hoy, de los apreciados caramelos como si no hubiéramos dejado de ser niños. Su mirada de ojos claros deseando el mejor de los deseos para todos nosotros. Y qué decir de la Yaya Pilar, la mujer de mujeres si se me permite. De gran gallardía y entereza, al cuidado de todos y en todo momento. Sus achuchones llenos de calor fraterno, emulando los adustos pero confortables braseros de siempre. Los felices manjares que nos preparaba a mis hermanos y a mí, con un afán desmedido por contentar y procurarnos lo mejor en cada instante. Por todo ello, gracias a nuestros abuelos, los maestros del tiempo, soportando contra viento y marea, luchando en el mar bravo de la vida, tal como hicieran otrora los grandes galeones de las “flotas de Indias.

Las generaciones de oro diría yo, las gentes que vieron resurgir a nuestro pueblo y nuestra España. Personas sin otro interés que el de su familia y sus allegados. Acompañados de nuestras tradiciones y canciones, el más gentil y vivaz de los legados. Cómo no entregar todo hacia su cuidado y bienestar, de qué manera no buscar lo mejor en los años de su longeva vida y sagacidad ya regada de toda una edad. Más si cabe tras soportar y sufrir los bandazos de la triste Pandemia que ha acontecido. Es pues necesario y mandatorio el reconocer y apreciar todo lo que los abuelos de esta nuestra tierra han hecho y conseguido con el pasar de los años para todos nosotros.

Con el anhelo de seguir compartiendo los incalculables instantes de oro, dedico esta breve semblanza a todos los que nos han precedido, los entrañables seres a los que nos referimos cariñosamente como abuelos. Que su enseñanza y que su llama de luz y amor siempre nos acompañen en los lugares más oscuros. Por todo lo que habéis hecho y lo que seguís haciendo, gracias eternas desde el más alto púlpito de nuestro ser.

Jaime Caballero Álvarez

Jaime Caballero Álvarez

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Por mínima que pueda parecer la esperanza, siempre debemos aferrarnos a esta herramienta de vida. En busca de la felicidad, con esmero y constante combate, me presento para compartir y recibir aprendizaje. Un abrazo fraterno a todos aquellos que pasen y, espero, disfruten de Quinqué y Tintero.

2 thoughts on “Nuestros maestros”

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