El camino de la virtud

¿Es, acaso, justa la muerte?

Con esa alegre frase asalté a mis amigos en una apacible noche de verano mientras la brisa marina rebajaba el calor nocturno y las bebidas corrían con alegría en lo que esperábamos nuestra comida. Tras el estupor inicial, uno de ellos afirmó que sí, por supuesto, pues nos equipara a todos al mismo nivel, ya seamos bondadosos o malvados hasta el tuétano. Por el contrario, otra de nuestras amigas no compartía la afirmación, pues la muerte no nos llega a todos por igual, le llega a un infante inocente de la misma manera que a un anciano que ha vivido una larga y próspera vida.

Ambas reflexiones son evidentemente válidas, pues no cabe una respuesta definitiva a la pregunta formulada, pero aquellas respuestas me hicieron reflexionar. Si bien la muerte es inevitable y no podemos huir de ella, ¿por qué nos preocupamos por ella? El fin de todo es algo que está siempre ahí, para todos. Hasta el majestuoso Sol que ha visto nacer la vida en la Tierra, y puede que vea su fin, será convertido en polvo cósmico un día.

El hecho de que vayamos a morir no es algo ajeno a la humanidad, todos lo sabemos, pero casi ninguno de nosotros lo aceptamos. Lloramos la muerte de nuestros allegados y sufrimos cuando vemos que la nuestra se aproxima, pero, ¿por qué sufrir de esta manera? La pérdida de un ser querido es siempre una terrible experiencia que crea un vacío en nuestra ánima imposible de reparar, pues nunca más podremos disfrutar de la compañía de la persona que ha partido, nunca más podremos aprender de sus lecciones y de su apoyo cuando caigamos. La muerte de otros es terrible, y poco podemos hacer sobre ello, por lo que lo único que está en nuestra mano, en la modesta opinión de este escritor, es preparar nuestra partida para que sea menos dolorosa para nuestros allegados, y nos permita aceptarla con solemnidad.

Es evidente que no soy el primero en reflexionar sobre esta materia, pues ha sido objeto de estudio por numerosos sabios de la antigüedad, y para tratar de vislumbrar la luz para esta cuestión debemos acudir a ellos, pues, como decía mi profesor de Griego y Cultura Clásica, Luis Miguel Orbaneja García, “los antiguos eran antiguos, pero no tontos”.

En función de las creencias de cada uno podemos buscar la solución en diversas ideologías, filosofías y religiones, pero para esta ocasión voy a acudir a los autores clásicos estoicos, pues son los que me ayudan ante estas cuestiones y otras de la vida moderna.

Una frase atribuida al sabio Lucio Anneo Séneca reza; “Incierto es el lugar donde la muerte te espera. Espérala, pues, en todo lugar”. Sin duda alguna, nos invita a estar siempre preparados ante la muerte para que no seamos sorprendidos por ella, pero, ¿cómo podemos estar preparados a morir?

“La muerte de Séneca”.
Pedro Pablo Rubens. 1612 – 1615.
Óleo sobre lienzo. 181 x 119,8 cm.

Mi línea profesional me sitúa frente al público, por lo que, habitualmente, me encuentro con todo tipo de personas; trabajadoras, necesitadas o, simplemente, aprovechadas. No es raro que algunas de ellas se contenten con subsistir a base de ayudas sin tratar de huir de su situación precaria, esperando que sea todo igual, sin cultivar su persona lo más mínimo, mientras que el perfil de la persona que realmente aprovecha la ayuda que se le brinda para huir de su situación y construirse un futuro es una rara avis.

Esta clase de personas que viven día a día, obviando cualquier actividad para tratar de forjarse un futuro mejor, son, a menudo, fruto de una vida en la que, en lugar de aprovechar su juventud para forjar la mente, el cuerpo y el espíritu, han despreciado ese tiempo gastándolo en divertimentos y placeres pasajeros. Así, cuando el invierno llega, se ven desprovistos de cualquier medio de protección, pues carecen de un empleo sólido, o de las habilidades necesarias para obtener uno nuevo, dependiendo de un Estado para su protección que, en cualquier momento, puede retirársela.

Ahora bien, ¿quién vive una vida más plena o virtuosa? ¿Aquella persona que trabaja y obtiene un salario modesto, o aquella que quizá percibe las mismas rentas, pero vive de subsidios? Y, sobre todo, ¿quién está mejor preparado para la inevitable muerte?

A pesar de que la vida del subsidiado pueda parecer a priori más plácida, ¿qué podrá decir cuando su existencia se disipe? No podrá decir que ha sido maestro en tal o cual área, ni que ha ayudado a gente brindando un servicio o construyendo una obra. No podrá decir que ha podido enseñar a sus hijos un oficio, pues carece de uno, y su existencia en esta tierra habrá carecido de sentido. Quizá haya podido traer más vida a la Tierra, pero, ¿qué puede haber enseñado a esa nueva generación? ¿cómo podrá enfrentar a los problemas sin conocimientos? ¿cómo podrá valorar lo que tiene, si no se esfuerza por obtenerlo? ¿Cómo se puede preparar para abandonar la vida, si ha sido un mejor pasajero en ella?

En cambio, aquel que realmente desarrolla una profesión, por modesta que sea, sabe lo que cuesta mantener a una familia, sabe resolver problemas, sabe enseñar a las nuevas generaciones y podrá debatir en la barcaza de Caronte todas aquellas obras que ha llevado a cabo en su existencia.

Ese es, para mí, el camino de la virtud. Cultivar la mente, el cuerpo y el espíritu para poder ayudar al crecimiento de las nuevas generaciones. Poder sembrar aquel árbol de cuya sombra no podemos disfrutar. Poder presumir de que nuestros sucesores nos han superado en todos los ámbitos, pues les hemos enseñado para ser mejores que nosotros. Así, cuando la Muerte extienda su mano podremos tomarla sin miedo, sabiendo que dejamos el planeta un poco mejor que nos lo encontramos y, sobre todo, dejaremos un feliz recuerdo a aquellos seres queridos que dejamos atrás.

Pablo Lerma Sastre

Pablo Lerma Sastre

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Hemos de defender la cultura clásica, la historia y las letras. Sin saber de dónde venimos es imposible determinar un futuro justo para todos.

2 thoughts on “El camino de la virtud”

  1. Y recordar el poder de la Muerte, sabedora de que dándote toda una vida de ventaja, al final logra alcanzarte. De tus actos, gestas o acciones en vida –y de tu desidia– habrá tomado nota para que tú, en la previa de ese último viaje, expongas lo que consideres oportuno entre vagos y lejanos recuerdos derivados de la presión de su inminencia.

  2. Pingback: Veo el Mundo…

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