De la Llama y el Hielo

Los mitos son, según su definición, una narración maravillosa situada fuera de la historia, pero yo creo que eso no nos dice mucho sobre lo que, verdaderamente, esconden.

Cuando pensamos en un mito, lo hacemos sobre historias de tiempo atrás, de aquellos héroes y leyendas que ya poco o nada tienen que ver con nuestro día a día. Son esos relatos que intentan explicar el principio de todo, como, por ejemplo, la interacción entre Muspell y Niflheim -hielo y fuego- dando paso a la vida; o, también, de cómo Gea -la tierra- surgió del Caos primordial para dar inicio al mundo.

Estas historias pretendían dar sentido a un universo que era confuso, incognoscible y mágico, al que, incluso, en nuestro tiempo, nunca hemos dejado de buscarle sentido, sumergiéndonos en la curiosidad de aquello que no entendemos. Pero, a decir verdad, si bien no tenemos todas las respuestas, la ciencia ha conseguido explicar la mayor parte de lo que se buscaba entender con los mitos y la religión. Y esas preguntas, que siempre han suscitado duda a la humanidad, se han respondido de un modo satisfactorio.

¿De dónde viene el mundo? De la acumulación de la materia que flotaba en el espacio por la acción de la gravedad. ¿De dónde viene la vida? De una serie de reacciones químicas que convirtieron la materia inorgánica en materia orgánica.

En lugares como Islandia, es fácil imaginar que todo surgió del hielo y del fuego.

Es cierto que la ciencia ha cambiado el modo de ver la historia sobre cómo la vida surgió del hielo y del fuego, que ya no tiene el mismo sentido que cuando se narró en un primer momento. Pero, aun así, nos ayuda a comprender que el universo y la vida tienden el equilibrio en todas sus formas.

Historias tales, como la inmortal amistad entre Gilgamesh y Enkidu, tienen relevancia, incluso, en tiempos modernos. Una amistad que les hizo más humanos y que, cuando le llegó la muerte a Enkidu, hizo que Gilgamesh se planteara su propia mortalidad. Esto le llevó a una epopeya en la que evolucionó, convirtiéndose en alguien más justo y sabio.

O que decir sobre Ulises, protagonista de la Odisea, un héroe que busca volver a su hogar allende los mares y superando toda clase de peripecias, que resuelve mediante el ingenio y la paciencia. Y lo hace esperanzado, sin olvidar, en ningún momento, a su esposa y su hijo, esos por quienes está dispuesto a luchar contra seres de leyenda y desafiar a dioses con tal de ver su rostro una vez más.

Pero la mitología nos ha regalado también otras grandes aventuras, como la de los hermanos Thor y Loki, recuperando su martillo perdido; la de Prometeo, el amigo de la humanidad; o la de Aquiles, y cómo su ira devastó un reino.

Þrymskviða, relato de la Edda Poética, en el cual Thor se disfraza de Freya.

Todas estos cuentos de leyenda tenían, en su momento, mucha más relevancia que la que les damos hoy en día. Durante mucho tiempo formaron parte de la sociedad y la cultura. Eran los vehículos del saber de la época y los pilares sobre los que se erigía la sociedad. Antaño, un pueblo sin mitos era un pueblo sin identidad, ya que, por entonces, la línea entre mito y hecho era difusa, y ambos eran parte de su historia. Muchos, al oír estas narraciones orales, sentían en su interior la tranquilidad de entender un poco más, sirviéndoles como fuente de luz sobre las sombras de la ignorancia, así como su eterna necesidad de dar sentido a su vida.

Por tanto, en un mundo en el que, de un tiempo a esta parte, la lógica se ha apoderado de la vida, no debemos olvidar nuestras emociones y el legado que nos precede. Las historias antiguas, como cualquier relato, nos enseñan atributos sobre nosotros mismos. Hablo de ese amor eterno que puede llevarnos a casa, el que, verdaderamente, puede proporcionarnos paz, y, por el contrario, hacernos recipientes de una ira desconocida y terrible de imaginar. O, también, de la enseñanza que supone el paso por la vida, del talante con el que afrontamos las situaciones inesperadas y de la reflexión que aguarda el largo camino de la sabiduría.

Ahora el profesor y su aula han sustituido el aedo en la taberna. Parece que la lógica y los exámenes han eliminado la necesidad de la sabiduría popular, como si todo pudiera ser valorado y cuantificado. Pero, en mi humilde opinión, nuestras vidas serían un poco más maravillosas si, de vez en cuando, recordásemos que hubo un tiempo en que nuestros ojos brillaban con una luz propia cuando oíamos a nuestros ancianos relatar sucesos y aventuras que nos hacían ver la realidad como lo que es y será siempre: un lugar intrigante y singular que, por mucho que consigamos explicar, siempre nos aguardará con una nueva pregunta.

Carlos García Collado

Carlos García Collado

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Un hombre es quien decide ser. Es posible que aún no lo haya decidido, pero no por ello he de dejar de buscar. Avanzando en la vida, y en la escritura, puede que consiga encontrarme a mí mismo.

3 thoughts on “De la Llama y el Hielo”

  1. Voy a tener que leer algo mas de mitos y leyendas con un nuevo punto de vista sobre todo Galgamesh y Enkidu. Me ha encantado la reflexión final del artículo. 😊

  2. Hay tantos culpables en la desafección para con los mitos y las historias del pasado. Desde el sesgo ideológico cuyo objetivo es limpiar virtudes, valores y costumbres hasta los continuos ataques a todo lo que significa identidad como mecanismo de transmisión de las voces y recuerdos del pasado. 🎯

  3. Pingback: Veo el Mundo…

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