Hay amistades que no comienzan, se revelan. Llegan tarde en el calendario y, sin embargo, traen consigo una sensación extraña, como si hubieran estado aguardando desde siempre en algún pliegue invisible de nuestra historia.
A Pablo Méndez lo encontré cuando aún no sabía si estaba empezando a vivir o simplemente aprendiendo a sobrevivir. Yo tenía veintitrés años y una herida que todavía no sabía nombrar, la muerte de mi querido abuelo. Pablo la reconoció antes que yo. La leyó donde solo había poemas de lamento, conversión y amanecer, en aquel primer libro que publiqué bajo su cuidado y su preminente editorial. Confió en mí cuando yo aún creía que publicar era solo una meta y no, como luego entendí, una forma de salvación.
Recuerdo la vez que nos conocimos. Pablo era breve en estatura, pero inmenso en inteligencia. Lo recuerdo en sobremesas largas donde el café se nos enfriaba mientras me hablaba de literatura como quien habla de sangre. Porque para él la poesía nunca ha sido un género, ha sido una biografía, la única forma posible de respiración.
Luego pasó algo bello con aquellos encuentros. Porque, con el tiempo, para mí dejó de ser el editor —si es que alguna vez lo fue solamente— y se convirtió en amigo fiel. Me abrió su hogar y yo le abrí el mío. Conocimos a nuestras mujeres, me presentó a sus hijos y él vio nacer a mi primer hija. En los días que corren todo esto tiene algo de milagro doméstico, de pacto silencioso contra la intemperie. A veces pienso que es mi padre literario, y lo digo sin solemnidad, como quien admite una verdad que le acompaña desde hace años. Lo es cuando me corrige sin piedad, cuando no se calla lo que no le gusta. No es consuelo, es cuidado. Una forma de amor que no adula, que exige. Confío en ese maestro que no quiere discípulos sumisos, sino voces libres.
Por eso hablar hoy de su libro es hablar también de todo eso que no cabe en una reseña.
Huérfano buscando el mar no es un regreso editorial. Es un regreso interior. El retorno de un hombre a su propia voz después de casi quince años de silencio. Este libro no se levanta sobre una idea, sino sobre una pérdida. La madre ausente atraviesa sus páginas como una corriente subterránea que nunca cesa. No como elegía solemne, sino como temperatura íntima. Aquí el dolor no declama: respira.
El libro está hecho de fragmentos breves, casi narrativos, donde lo cotidiano se vuelve umbral. Un coche antiguo. Una calle cualquiera. Una ferretería. Un gesto mínimo. En manos de Pablo, los objetos no son decorado, son llaves. Cada una abre una estancia de la memoria. Cada escena contiene una grieta por donde regresa la vida.
Desde el primer poema —que suena a fe de existencia— hasta ese cierre que parece ofrecernos compañía, el Pablo atraviesa una biografía emocional que no se disfraza. No hay impostura aquí. Solo una verdad dicha sin maquillaje. Porque hay poemas donde la infancia vuelve como una luz inclinada sobre los muebles viejos. Otros donde el amor aparece sin retórica, limpio, terrestre: el amor conyugal, el deseo, el cuerpo amado de su amada como refugio. No hay voluntad de deslumbrar. Solo la valentía de quien ya no necesita impresionar a nadie.
Porque este es, ante todo, un libro de madurez. Sereno a veces. Feroz en otras. Siempre honesto.

Estuve en la presentación. Y comprendí que no era solo la emoción —aunque uno de los poemas me estuviera dedicado— sino la sensación de asistir a un regreso verdadero. Como quien vuelve al mar después de haber vivido demasiado tiempo en tierra firme.
Escuchar a Pablo hablar de su madre, de sus hijos, de la mujer que sostiene su historia, era asistir a una ceremonia sin altar. Cada palabra tenía peso. Cada pausa, raíz.
Hay libros que quieren brillar. Este quiere permanecer.
Y esto, repito, está escrito desde la certeza desnuda de que el único lujo que le queda a la poesía es la honestidad. Y por eso no busca deslumbrar. Busca quedarse. Como esas canciones que uno no recuerda cuándo empezó a amar, pero que ya forman parte de su respiración.
A veces pienso que escribir es discutir con la muerte. Quitarle terreno, aunque sea un centímetro. Arrebatarle nombres, rostros, escenas. Una voluntad casi sagrada de salvar lo vivido.
Más allá de cualquier genealogía, lo que importa aquí no es el linaje literario.
Es el hombre. El amigo que conozco. El que me enseñó que un poema no es un artefacto, sino un arma bien iluminada. El que corrigió mis versos y también mis silencios. El que convirtió la poesía en una forma de cuidado.
Si tuviera que explicar quién es Pablo Méndez, no hablaría primero de libros ni de premios. Hablaría de una casa abierta. De alguien que ha hecho de la poesía una manera de estar en el mundo y de acompañar a otros en el suyo.
Huérfano buscando el mar es, en el fondo, eso. Un libro escrito por alguien que ha comprendido que la orfandad no se supera, se habita. Y que el mar no siempre está fuera. A veces es esa extensión profunda donde uno guarda a los que ama.
Escribo esto desde la gratitud. Desde la amistad y la certeza de que hay libros que importan por lo que dicen, y otros por quién los escribe.
Este, para mí, es ambas cosas.