El Santuario Español

En la memoria del tiempo se hallan compiladas incontables historias protagonizadas por personajes singulares o de especial condición. Esta es una de ellas, el relato de un hombre que cambió su estrella para alcanzar su libertad en la tierra conocida como la Florida” española, cuyas lindes pertenecen hoy en día a los Estados Unidos. Las vivencias por las que pasaría el que sería paladín del Imperio, se remontan al continente africano, en la región de Gambia para ser más exactos.

Pues bien, fue en las tierras de ese Nuevo Mundo donde arribó en el anno domini de 1513, nuestro paisano “Juan Ponce de León y Figueroa”, natural de la Villa vallisoletana de “Santervás de Campos”, en “Castilla la Vieja”. El ilustre marino y antiguo paje en la Corte de “Fernando el Católico” reclamó entonces estos nuevos territorios para la Corona española, que se mantendrían bajo gobierno de su católica majestad hasta el siglo XIX.

En el transcurrir de los años, ya en 1565, “Pedro Menéndez de Avilés”, originario de la ciudad asturiana que cierra su apellido, partió desde las Españas para llegar a las costas de la Florida. Fue entonces cuando tuvo lugar la fundación primigenia del primer asentamiento estable y duradero hasta nuestros días de la nación de las barras y estrellas. Así, con el nombre de “San Agustín de la Florida”, Don Pedro creaba la ciudad más antigua de Norte de América, y en la que se celebraría por vez primera una de las festividades más afamadas; “El Día de Acción de Gracias”, tradición de profunda raíz en la Cristiandad. En efecto, 1565 fue el año en que esta tierra de Florida veía tal tradición estival en sus bellas y abultadas extensiones repletas de flores.

Estas crónicas tan solo son algunas de las hazañas y actos de interesante estudio que merecen ser rescatadas del olvido para ocupar el lugar en el recuerdo de los españoles de ambos hemisferios, un proyecto global compartido, y por el que, precisamente, nuestro “africano” pudo encontrar el altar de libertad en el “Fuerte Gracia Real de Santa Teresa de Mosé de la Florida”. Tal y enigmático suceso fue fáctico gracias a la “Carta de Libertad” otorgada por el “Rey Carlos II” en el año de nuestro Señor de 1693. Todo ello en el compendio histórico-jurídico y bien elaborado por la Corona desde el nacer del Siglo XVI, como ya dispuso la Gran Reina de Castilla, “Isabel la Católica”, al enunciar en sus testamentos el deseo del buen cuidado hacia las gentes de las tierras descubiertas, sin olvidar el mandato real de su esposo ya viudo, el Rey Fernando, por el cual se aprobaba el “matrimonio interracial” en el año de 1514.

Memoria ésta, y de especial significación si se piensa, pues los Estados Unidos no permitieron tales uniones inter-razas hasta el año 1967. De la misma tradición normativa, veía la luz “El Cuerpo de Leyes de Indias”, también conocidas como el orden del “derecho Indiano”, a fin de proteger y velar por el buen trato de aquellas personas que se encontraron allende los mares del globo, pues serían españoles también. Con este armazón se oteaba el navío de la primera globalización de la historia de la humanidad en todo su significado, desde que un doce de octubre de mil cuatrocientos y noventa y dos se diera el primer paso para conectar el orbe desde oriente hasta poniente.

Ilustración cartográfica de los territorios de ultramar de la Corona española.

Es pues, en este modelo de sociedad del “ius gentium” de la “Escuela de Salamanca” y vocación universal, en el que nuestro particular protagonista pudo buscar un santuario de vida en libertad para sí y su estirpe. Tal como se apostillaba al inicio, el que sería renombrado y bautizado como Francisco Menéndez, según el rito católico, procedía del país de Gambia, del grupo étnico del “mandinga o mandinkos”. Nació en los albores del Siglo XVIII, concretamente en el año de 1700. A una temprana edad, fue hecho esclavo por la Corona inglesa, y llevado hasta la Colonia de Carolina del Sur, que “Albión” poseía en la costa este de los actuales Estados Unidos.

Francisco, como así se le conocería más tarde, vivía como esclavo en las plantaciones inglesas con creciente deseo de libre caminar. Fue el ímpetu y la ocasión de la suerte lo que le ayudó a escapar de las fronteras defendidas por los británicos, con destino a la promesa que le esperaba en la Florida española. Pues, como es sabido, los Reyes de España venían haciendo uso de la Carta de Libertad, mediante la cual se daba tal condición a todos aquellos esclavos que escaparan y lograsen llegar a las posesiones españolas, a cambio de servir a la Corona en la milicia por período de cuatro años, convertirse a la fe católica y defender la honorabilidad del Rey y el Imperio de las Españas.

Fue bajo este contrato por el que el mandinga conseguía su añorada libertad junto a otros que, como él, vieron en los territorios y leyes españolas un faro de luz al que ir y por el que merecía la pena luchar. Ya como súbdito del Rey y como católico de nuevo cuño, el ahora hombre libre se hacía llamar Francisco Menéndez, una idea por la que se integraría en las milicias negras que España poseía para la defensa del oasis que se había forjado tiempo atrás.

Llegado el año de 1740, Francisco fue puesto a prueba en el combate, pues dio buena muestra de su valor y compromiso para con su juramento hacia España, y en defensa de la causa de la libertad, de la suya y de la de otros como él. Victorioso el ejército español liderado por el General “Manuel de Montiano y Sopelana”, bilbaíno de pura cepa y Gobernador de la Florida, era recuperado el Fuerte de Santa de Teresa de Mosé de las manos de los “casacas rojas”. Tras esta buena nueva, el maese Menéndez fue capturado en el fragor de la batalla por las huestes inglesas, y hecho de nuevo esclavo en otro enfrentamiento posterior. Mas no duraría mucho su renovada condición, pues sería pagado rescate en aras de recuperar su libertad y su posición. Posición referida a su grado de oficialidad al ostentar el rango de Capitán de los Reales ejércitos al mando de la milicia de negros libres de España.

Este hecho resulta de gran relevancia y prueba del talante abierto e integrador de nuestros antepasados, los artífices del proyecto universal siglos mediante. Fue, por tanto, con el modelo español por lo que un hombre, que desde mozo fue hecho esclavo, pudo cambiar su sino y erigirse como libre, y no sólo eso sino poder considerarse como uno de los primeros oficiales castrenses de Norte América de la mano del hospicio español.

Con esta glosa de inequívoca presencia en nuestra historia compartida, se trata de ofrecer una visión, una idea, un sueño por el que hemos de recordar de dónde venimos y cómo hemos sido conformados. Y, también, una realidad como pueblo de heterogénea procedencia y diversidad de lenguas e inquietudes, pero con un nexo común e inquebrantable, la España de todos y para todos. Así, tal como dictaba el dicho, sólo me queda recordar estas palabras latinas que llenan el corazón y ponen los vellos de punta:

“Tu regere imperio fluctus Hispane memento” (Recuerda España que tu registe el Imperio de los mares).

Jaime Caballero Álvarez

Jaime Caballero Álvarez

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Por mínima que pueda parecer la esperanza, siempre debemos aferrarnos a esta herramienta de vida. En busca de la felicidad, con esmero y constante combate, me presento para compartir y recibir aprendizaje. Un abrazo fraterno a todos aquellos que pasen y, espero, disfruten de Quinqué y Tintero.

2 thoughts on “El Santuario Español”

  1. Un directo al mentón de los promotores de la hispanofobia y a los acomplejados que no tienen los arrestos de Francisco Menéndez “El mandinga” para huir de la esclavitud, como a la que el NOM nos somete en el presente, y ocupar puesto de vanguardia en el frente.

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